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El camino a Naoshima
As usual, english version below.
Holi, ¿cómo estás?
Hoy se cumplen dos semanas desde que regresamos de Japón, pero se siente como si fueran años. Ya pasó más de un mes desde la última vez que te escribí; aunque la mayor parte de este correo la escribí solo unos días después del último que envié, la verdad es que no tuve tiempo de terminarlo estando allá.
Sin más preámbulo, sigamos con el viaje en Japón. Esta vez te contaré sobre el viaje a Naoshima y las ciudades que visitamos en nuestro camino hacia la artística isla japonesa.
Te dejé después de los dos días muy llenos en Osaka. Antes de empezar la odisea, enviamos nuestras maletas a nuestro hotel en Kyoto para poder viajar más ligeros y empezamos con nuestro primer viaje en tren bala hacia la ciudad de Okayama, no muy lejos de Osaka. De ahí tomamos un camión que nos llevaría a la costa para tomar un ferry y, por fin, llegar a nuestro destino: Naoshima.
Naoshima es una pequeña isla famosa por sus instalaciones de arte a lo largo de la isla. En cuanto llegamos, bajándonos del ferry, vimos un lugar para rentar bicicletas y nos pareció buena idea explorarla de esa manera. Alcanzamos las dos últimas bicis, que desafortunadamente no eran eléctricas y eran bastante pequeñas, pero no nos importó y las tomamos. Debo mencionar que al inicio pensé que las dos bicis eran iguales, así que solo tomé una y empecé a pedalear. La bici era tan pequeña que no me llegaba ni a la rodilla, y no fue hasta horas después que notamos que la otra bici era bastante más grande, así que las cambiamos. No que hiciera mucha diferencia, ya que a Besa también le quedaba muy grande y la diferencia en tamaño era mínima.
Pasamos el día recorriendo la isla, yendo de un museo a otro. Muchos de ellos son al aire libre o tienen instalaciones abiertas, las más famosas probablemente siendo la calabaza de Yayoi Kusama. También hicimos parada para nuestro primer ramen del viaje (buenísimo) y luego por café en un local con una vista increíble, donde también hicimos la primera de muchísimas compras que se repetirían a lo largo del viaje: una playera con el logo del lugar y una bolsa de su café, mezcla que ellos mismos tostaban (de hecho, estaban preparando un nuevo batch cuando estábamos ahí).
Por la tarde regresamos a dormir a Okayama, la capital de Japón (y, por ende, del mundo) de la mezclilla. Desafortunadamente no sabíamos esto cuando estuvimos ahí, aunque más tarde, en Kyoto, terminamos comprando pantalones originarios de ahí. Okayama terminó siendo uno de mis lugares favoritos. La ciudad se siente bastante acogedora, particularmente porque sus calles y cuadras son más pequeñas de lo normal. Tuvimos una cena que fue sorprendentemente espectacular: comimos un bonito (así se llama el pez) a las brasas que, sinceramente, es el mejor pescado que he comido en mi vida. Estaba lleno de sabor umami y el toque que le daban las brasas me hacía sentir como si estuviera comiendo una muy buena carne asada, pero con un perfil de sabor mucho más complejo. La verdad, me hubiera encantado probarlo en una tortilla y con un chingo de salsa.
Nuestro hotel en Okayama resultó ser bastante especial porque contaba con su propio onsen, aguas termales que son muy populares en Japón. Ahí tuvimos nuestra primera experiencia en un onsen, que por sí mismo es casi un ritual. Las aguas termales siempre son separadas por género (fuera de casos especiales donde son privadas). Antes de entrar al agua, es normal bañarte a la manera japonesa tradicional, o sea, sentado en un banquito. Después de limpiarte, puedes entrar a las aguas termales a descansar por el tiempo que quieras y, al terminar, es común bañarte de nuevo para limpiarte de los minerales del agua. También, tradicionalmente, después de salir del onsen uno debe tomar leche para rehidratarse. En nuestro caso, el hotel tenía nieve y Yakults gratis.
Nuestro viaje de regreso a Osaka desde Okayama fue un largo día. Iniciamos visitando el castillo de Okayama, que en mi opinión es el más bonito de todos los que visitamos (sí, porque es azul). Después tomamos un tren a Himeji para visitar otro castillo, pues cabe mencionar que el castillo de Himeji es el más grande y el más famoso (aunque no es azul). No entramos porque nos dio un poco de flojera hacer fila y preferimos caminar por los jardines que lo rodean. Terminamos descubriendo un pequeño santuario sintoísta muy bonito y un parque hermoso que rodeaba el castillo, con todo y un foso de agua con un chingo de koi y carpas que pensaron que les daríamos de comer y estaban peleándose por estar cerca de donde estábamos sentados.
Para cerrar el día, tomamos un tren corto de unos minutos para visitar Kobe, hogar de la famosa carne Kobe. Tuvimos suerte de conseguir lugar en un muy buen restaurante y, como llegamos temprano, pudimos pedir el omakase de carne, que es básicamente el menú de degustación. Este restaurante era un yakiniku, que quiere decir que teníamos una pequeña parrilla para nosotros dos donde asábamos la carne nosotros mismos. Fue una cena excelente y la primera de varias veces en las que pudimos degustar el famoso wagyu (que en japonés significa “res japonesa”). Y aunque me gustó mucho, debo admitir que sigo prefiriendo la carne de res sonorense. No es por un ridículo sentido de patriotismo, sino que el wagyu es simplemente otro tipo de carne. Los cortes suelen tener muchísima grasa, algo que hace que la carne prácticamente se derrita en la boca, pero eso también cambia mucho el sabor y la consistencia, y simplemente prefiero el sabor de un buen corte normal. Y la neta, en cuanto a cortes, la carne sonorense es la mejor.
Después de la cena en Kobe caminamos un rato por la ciudad y luego tomamos un tren corto de regreso a Osaka, ya que al día siguiente continuaría nuestro viaje hacia Takayama, mi lugar favorito de todo el viaje. Ya te contaré al respecto en el próximo correo.
Te quiero,
Raúl Arturo Herrera

La calabaza de Kusama Yayoi / Kusama Yayoi’s Pumpkin

Cargando la mini bici afuera / Carrying the tiny bike

La vista desde el Cafe Naoshima / The view from Naoshima Coffee

Aquí se aprecia más lo pequeña que estaba la bici / Here you can see just how small the bike was.

Primer ramen del viaje / First ramen of the trip

Selfie en una de las casas/museo / Selfie at one of the houses/museum

Bonito a la parrila / Grilled bonito

El hermoso castillo azul de Okayama / Okayama’s beautiful blue castle

El castillo de Himeji / Himeji’s castle

Torii en la entrada del santuario / Torii at the shrine’s entrance

Pero mira como beben los peces en el río / Poor carps thought we had food for them

Tartar de Kobe / Kobe tartar

Sashimi de carne Kobe / Kobe beef sashimi

Distintos cortes de carne Kobe / Various cuts of Kobe beef

Vista del muelle de Kobe / View from the docks of Kobe

Parada nocturna obligatoria en el mejor lugar de Japón, Family Mart / Mandatory night stop at the best place in Japan, Family Mart
Hey! How are you?
It’s been two weeks since we came back from Japan, but it already feels like years. It’s also been over a month since the last time I wrote to you. Even though I wrote most of this email just a few days after sending the last one, I didn’t really have time to finish it while we were there.
Without further ado, let’s continue with the trip through Japan. This time, I’ll tell you about our journey to Naoshima and the cities we visited on our way to the artistic Japanese island.
I left off after our two busy days in Osaka. Before starting the odyssey, we sent our suitcases ahead to our hotel in Kyoto so we could travel lighter and began our first bullet train ride to Okayama, not far from Osaka. From there, we took a bus that brought us to the coast, where we boarded a ferry and finally reached our destination, Naoshima.
Naoshima is a small island famous for its art installations scattered all over. As soon as we got off the ferry, we saw a place to rent bikes and thought it’d be a good way to explore the island. We got the last two available, which unfortunately weren’t electric and were quite small — but we didn’t care and took them anyway. I should mention that at first, I thought both bikes were the same, so I just grabbed one and started pedaling. The bike was so tiny it barely reached my knees. It wasn’t until hours later that we realized the other one was much bigger and switched, though it didn’t make much difference since Besa also found that one too big, and the size difference was minimal.
We spent the day biking around the island, hopping from one museum to another. Many are outdoors or have open-air installations, the most famous probably being Yayoi Kusama’s pumpkin. We also stopped for our first ramen of the trip (absolutely delicious) and later for coffee at a café with an incredible view. That was also the first of many, many purchases throughout the trip: a T-shirt with the café’s logo and a bag of their roasted blend (they were actually roasting a new batch while we were there).
In the evening, we went back for the night to Okayama, the denim capital of Japan (and therefore, the world). Unfortunately, we didn’t know that at the time, although later in Kyoto we ended up buying jeans made there. Okayama turned out to be one of my favorite places. The city feels very cozy, especially since the streets and blocks are smaller than usual. We had a surprisingly amazing dinner: we ate grilled bonito (that’s the name of the fish), and honestly, it was the best fish I’ve ever had in my life. It was bursting with umami, and the charcoal flavor made it feel like eating a really good steak, but with a much more complex flavor profile. Honestly, I would’ve loved to eat it in a tortilla with a ton of salsa.
Our hotel in Okayama turned out to be quite special because it had its own onsen, the traditional Japanese hot springs. That was our first onsen experience, which in itself feels like a ritual. The baths are always separated by gender (except for private ones). Before entering the water, it’s customary to bathe Japanese-style, sitting on a small stool. After cleaning yourself, you can soak in the thermal water for as long as you want, and when you’re done, it’s common to rinse off again to remove the minerals. Traditionally, people drink milk afterward to rehydrate, though in our case, the hotel had free ice cream and Yakults.
Our trip back from Okayama to Osaka was a long day. We started by visiting Okayama Castle, which in my opinion was the most beautiful of all the castles we saw (yes, because it’s blue). Then we took a train to Himeji to visit another castle, the largest and most famous one in Japan (though not blue). We didn’t go inside since we didn’t feel like waiting in line and preferred to walk through the surrounding gardens instead. We ended up finding a small and very pretty Shinto shrine and a park surrounding the castle along with a castle moat full of koi and carps fighting for attention, thinking we were going to feed them.=
To finish the day, we took a short train ride to Kobe, home of the world-famous Kobe beef. We were lucky to get a table at a really good restaurant, and since we arrived early, we could order the omakase menu, which basically means the chef’s tasting menu. The restaurant was a yakiniku place, meaning we had our own little grill where we cooked the meat ourselves. It was an excellent dinner and the first of several times we got to try the famous wagyu (which in Japanese literally means “Japanese beef”). And although I really liked it, I have to admit, I still prefer Sonoran beef. Not out of any ridiculous sense of patriotism, but simply because wagyu is a completely different kind of meat. The cuts have a lot of fat, which makes them melt in your mouth, but it also changes the flavor and texture, and I just prefer the taste of a good traditional cut. Honestly, when it comes to steak, Sonora still reigns supreme.
After dinner in Kobe, we walked around the city for a while and then took a short train back to Osaka, since the next day our journey would continue toward Takayama, my favorite place of the entire trip. I’ll tell you all about that in my next email.
Love,
Raúl Arturo Herrera
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