Takayama

As usual, english version below.

Holi, ¿cómo estás?

Este correo, más que cualquier otro, ha sido el más difícil de escribir y el que más me ha mostrado mi incompetencia a la hora de escribir. Takayama fue el lugar más especial de todo el viaje, pero al momento de querer compartir todas las experiencias, mis palabras no le hacen justicia a todo lo que quiero expresar. Sin embargo, tras tres intentos de escribirte esto, creo que ya lo intenté lo suficiente y aceptaré que aún no tengo las habilidades para pasar esa alta vara que tengo como lector, y sinceramente haré mi mejor esfuerzo por contarte de ese maravilloso lugar.

Para llegar a Takayama, tienes que vivir con nosotros la pequeña odisea que fue el viaje. Recordarás que dejé el correo anterior en Osaka; esto es porque cada día solamente hay un tren directo a Takayama, y este sale de Osaka a las 8 de la mañana. No estábamos muy lejos de la estación, pero para darnos tiempo para bañarnos y comprar algo de desayuno, planeábamos despertar a las 6:30. Un plan un tanto difícil de seguir si ninguno de los dos pone una alarma. Por pura casualidad, desperté a las 7:40 de la mañana y, en tiempo récord, nos alistamos, pedimos un taxi y salimos a la estación. Nuestro tren salía a las 8:02 y, milagrosamente, logramos llegar al andén a las 8:01. Cansados por correr, nos tomamos un momento de descanso mientras buscábamos el tren, pues no estaba en el andén.

Desafortunadamente, el andén era tan largo que no notamos que, al final del otro lado, se encontraba ya esperando nuestro pequeño tren hacia Takayama. Un minuto no es mucho tiempo, y con la puntualidad de los trenes japoneses, ese minuto fueron efectivamente solo unos segundos. Para cuando vimos el tren a lo lejos, solo tuvimos oportunidad de ver cómo lentamente se marchaba sin nosotros.

Un tanto derrotados por perder el tren tras tanto esfuerzo, bajamos a un punto de información donde nos ayudaron a planear una nueva ruta, tomando solo un tramo corto de tren bala, para lograr alcanzar nuestro tren en otra ciudad. Así fue como, tras un par de escalas, por fin logramos tomar nuestro tren original y disfrutar los hermosos paisajes de los Alpes japoneses.

Por fin llegamos a Takayama. Nuestro hotel estaba en el mero centro de la ciudad, justo enfrente de un antiguo edificio de gobierno del período Edo. A unos cuantos metros estaba un puente que nos llevaba a la parte antigua de la ciudad, donde de verdad me sentía como si estuviera en una película. Los barrios antiguos están llenos de pequeñas tiendas, restaurantes y unas cuantas fábricas de sake. Pasamos la mayoría de nuestro tiempo en la ciudad simplemente recorriendo sus barrios, visitando las tiendas y, como te imaginarás, comprando muchas cosas (hasta me compré un kimono).

Este fue el único hotel donde tuvimos un cuarto con piso tradicional de tatami. El tatami resultó ser bastante cómodo, aunque era nuevo y estaba muy apestoso. Al parecer, el olor a tatami nuevo es algo que les gusta mucho a los japoneses, pero yo, que no tengo nostalgia alguna relacionada con el olor, solo lo encontré algo molesto.

La prefectura de Gifu, de la cual es parte Takayama, es famosa por su carne de res, y aunque justo un día antes habíamos estado en Kobe, no podíamos irnos sin probarla. Y solo para cerciorarnos, la probamos en varias presentaciones. Takayama también es famoso por su sake. Un día hicimos una cata de sake en una de las destilerías más famosas, que tiene un sistema muy divertido: primero sacas de una maquinita de gachapon un vasito de sake y después, con monedas, vas a distintas máquinas que te dan exactamente la cantidad de tu vasito; así puedes ir probando todos los sakes que quieras. Tenían un sake de yuzu buenísimo del cual nos trajimos una botella, pero el que más nos gustó resultó también ser el más caro de toda la tienda. Qué sorpresa. Afortunadamente, el sake en general es barato, así que no salió tan caro el chistesito.

Como ya te he contado, aunque no solemos tomar mucho, disfrutamos mucho de ir a bares con buenos cócteles. Takayama, en ese aspecto, nos sorprendió, ya que encontramos dos bares muy distintos pero muy buenos los dos. El primero lo encontramos por casualidad: caminando por el pueblo, en una esquina estaba un pequeño bar donde el dueño, por la ventana, nos invitó a sentarnos y, sin tener más planes, aceptamos la invitación. Los tragos estuvieron muy buenos; el dueño era un tipo sonriente y alegre que, a pesar de que estaba en chinga en todo momento por ser el único trabajando, igual encontraba tiempo para saludar a cada persona y platicar un poco con nosotros.

Por recomendación de otros comensales, fuimos al día siguiente a otro bar llamado Yu. El lugar tenía decoración tipo europea antigua y una vibra muy acogedora. En esta ocasión, el dueño emitía un aura de bartender sensei, y verlo preparar las bebidas era fascinante. Y con justa razón, pues los tragos estaban espectaculares. Eran muy originales pero perfectamente balanceados y sencillamente se ganaron su lugar entre los mejores bares que he visitado.

También aprovechamos una mañana para ir a una pequeña aldea llamada Shirakawa-go. La aldea es Patrimonio de la Humanidad por su arquitectura histórica japonesa, especialmente por sus techos de paja capaces de soportar las fuertes nevadas de la región. Aquí, más que en cualquier otro lugar, me sentía como en una película al caminar por sus calles, como si estuviera en una escena de La princesa Mononoke.

La interacción más única e inimaginable del viaje nos pasó en las últimas horas que teníamos en Takayama. La ciudad es pequeña, pero tiene muchísimos santuarios sintoístas, y el último día decidimos hacer un recorrido por las afueras de la ciudad en un camino que te lleva a conocer muchos santuarios. La verdad, los santuarios son estéticamente muy bellos, pero al no conocer mucho del sintoísmo creo que perdemos un poco el significado de los lugares. Además, en nuestro recorrido de tres horas vimos alrededor de 20 santuarios, por lo que después de un rato, la verdad, pierden su encanto.

Entre nuestro recorrido decidimos hacer una pausa para tomar un café en una pequeña casa que anunciaba cafés. Entramos al lugar y nos encontramos simplemente en un pasillo de entrada de una casa. Aunque nos sacó un poco de onda, inmediatamente escuchamos el ya familiar grito de “¡Irashaimase!” dándonos la bienvenida, así que decidimos seguir el pasillo y, de repente, nos encontramos en una sala de casa. Imagínate que vas a visitar a tu abuelita y en la sala están sus vecinas sentadas tomando un café. Justo en esa situación nos encontrábamos, con un grupo de cuatro doñitas tomando café.

Al menos, en medio de la sala había una barra de café, y una de las doñitas rápidamente se levantó y nos invitó a sentarnos en otra mesita. La doñita que nos dio los menús emanaba un aura de líder y, después de darnos el menú, regresó con pedazos de papel y nos puso a hacer origami. Ya que nos tenía ocupados doblando papel, regresó con instrumentos musicales y nos preguntó si sabíamos tocar. Ambos respondimos que no, pero eso no la detuvo y, de todas maneras, le dio a Besa un tambor, le dio un ritmo a seguir, tomó una guitarra y empezó a tocar.

Como si fuera escena de musical, todas las otras doñitas en el café empezaron a cantar. A lo mejor, al describirlo, la escena suena chistosa o tal vez un poco cringe, pero créeme que en ese momento se sintió como magia pura. Imagínatelo: las doñitas cantando, una de ellas tocando guitarra, Besa tocando tambores (que, por cierto, no logró mantener el ritmo para nada) y yo haciendo origami. Al terminar la canción, la doñita líder se presentó y nos explicó que ella era una maestra de geishas y que el resto de las doñitas fueron sus alumnas y todas ellas fueron geishas en algún momento.

Tristemente, no teníamos mucho tiempo porque no pensábamos perder nuestro tren de regreso, así que después de un rato nos despedimos de Mamiyo y sus alumnas. Al salir del lugar, tuvimos que hacer una pausa para asegurarnos de que lo que acabábamos de vivir de verdad pasó. Por suerte, aún tenemos los origamis como prueba de que todo eso no fue solo un sueño.

Así terminó nuestro tiempo en Takayama: una hermosa ciudad en el corazón de los Alpes, llena de increíbles tiendas, deliciosa comida y gente que te hace sentir que estás viviendo una película. En una sola palabra, lo describiría como mágico.

Te quiero,
Raúl Arturo Herrera

La mejor de toda la carne que probamos, asada en la calle con carbon japonés / The best from all the meat we tasted, grilled on the side of the street on japanese coals.

Barriles de soya / Soy barrels

Mi kimono, que igual me vas a ver usar este invierno / My kimono, which you’ll anyway see me wearing this winter.

Jardin del Jin’ya, el edificio de gobierno del shogunato Tokuwaga / Garden at the Jin’ya, the govermental building from the Tokuwaga Shogunate

Tatami

Shirakawa-go

Origami que hicimos con Mamiyo-sama / The origami we made with Mamiyo-sama

Hi! How are you?

This email, more than any other, has been the hardest one to write—and the one that has most exposed my incompetence as a writer. Takayama was the most special place of the entire trip, but when I try to share all the experiences we lived, my words fall short of everything I want to express. Still, after three attempts, I think I’ve tried enough, and I’ll accept that I don’t yet have the skills to reach the high bar I have as a reader. So I’ll simply do my best to tell you about this wonderful place.

To get to Takayama, you first have to live the little odyssey that was our journey. You might remember I left the previous email in Osaka; that’s because there is only one direct train to Takayama every day, and it leaves Osaka at 8 a.m. We weren’t far from the station, but to give ourselves time to shower and buy some breakfast, we planned to wake up at 6:30. A plan that’s hard to follow when neither of us sets an alarm. By pure luck, I woke up at 7:40, and in record time we got ready, called a taxi, and rushed to the station. Our train left at 8:02, and miraculously we reached the platform at 8:01. Exhausted from running, we paused to catch our breath while looking for the train—except it wasn’t there.

Unfortunately, the platform was so long that we didn’t notice the small Takayama train already waiting all the way at the opposite end. A minute isn’t much time, and with Japanese punctuality, that minute was really just a few seconds. When we finally spotted the train in the distance, all we could do was watch it slowly roll away without us.

A bit defeated, we went to the information desk, where they helped us plan a new route, taking a short bullet-train segment to try to catch up with our original train in another city. After a couple of transfers, we finally managed to board it and enjoy the beautiful views of the Japanese Alps.

At last, we arrived in Takayama. Our hotel was right in the city center, directly across from an old Edo-period government building. Just a few meters away was a bridge leading to the old part of town, where I truly felt like I was inside a movie. The old streets are full of little shops, restaurants, and a few sake breweries. We spent most of our time simply wandering around, browsing the shops and, as you can imagine, buying a lot of things (I even bought myself a kimono).

It was also the only hotel where we had a room with traditional tatami flooring. The tatami was surprisingly comfortable, though it was brand-new—and extremely smelly. Apparently, the scent of fresh tatami is something Japanese people love, but since I have no nostalgic connection to it, I simply found it kind of unpleasant.

The Gifu prefecture, where Takayama is located, is famous for its beef, and although we had just been in Kobe the day before, we couldn’t leave without trying it. And just to be sure, we tried it in several forms. Takayama is also famous for its sake. One day we did a sake tasting in one of the most famous breweries, which has a very fun system: first you get a small sake cup from a gachapon machine, and then, using coins, you go to different dispensers that pour exactly the amount your cup holds; that way you can taste as many sakes as you want. They had an amazing yuzu sake we brought a bottle of, but the one we liked the most also turned out to be the most expensive in the shop. What a surprise. Thankfully, sake is cheap overall, so the little indulgence didn’t get too expensive.

As I’ve told you before, even though we don’t drink much, we really enjoy going to bars with good cocktails. And in that sense, Takayama surprised us: we found two bars that were very different from each other, but both excellent. The first one we found by chance: while walking around town, on a small corner there was a bar where the owner waved at us from the window and invited us in. With no other plans, we accepted. The drinks were great; the owner was cheerful and friendly and, despite being insanely busy as the only person working, still found time to greet everyone and chat a bit with us.

Based on recommendations from other customers, we went the next day to another bar called Yu. The place had an old-European style and a very cozy vibe. This time, the owner had the aura of a bartender sensei, and watching him prepare the drinks was fascinating. And with good reason—the cocktails were spectacular. Very original, perfectly balanced, and easily among the best bars I’ve ever visited.

We also took one morning to visit a small village called Shirakawa-go. The village is a UNESCO World Heritage Site due to its traditional Japanese architecture, especially the thatched roofs designed to withstand heavy snowfall. Here, more than anywhere else, I felt like I was walking through a movie set—like I had stepped into a scene from Princess Mononoke.

The most unique and unimaginable experience of the entire trip happened in our last hours in Takayama. The city is small but has countless Shinto shrines, and on our last day we decided to follow a path outside the city that takes you through many of them. The shrines are beautiful, but since we don’t know much about Shintoism, I think we miss some of their meaning. And after seeing around twenty shrines in three hours, I have to admit—they start to lose their charm.

During our walk, we decided to take a break and have some coffee in a small house advertising cafés. We walked in and found ourselves in the entrance hallway of a home. It was strange, but immediately we heard the familiar shout of “Irashaimase!” welcoming us, so we followed the hallway and suddenly ended up in what looked like someone’s living room. Imagine visiting your grandmother and finding her neighbors sitting around having coffee. That’s exactly where we were: four little old ladies sitting together drinking coffee.

Thankfully, there was a coffee counter in the middle of the room, and one of the ladies quickly got up and invited us to sit at another small table. The lady who gave us the menus had a kind of leader aura, and after handing them to us, she came back with pieces of paper and made us do origami. Once we were busy folding paper, she returned with musical instruments and asked if we knew how to play. We both said no, but that didn’t stop her—she gave Besa a drum, taught him a rhythm, grabbed a guitar, and started playing.

Like a scene from a musical, all the other ladies started singing. Maybe describing it makes it sound silly or a bit cringe, but in that moment it felt like pure magic. Picture it: the ladies singing, one strumming the guitar, Besa playing the drum (and absolutely failing to keep the rhythm), and me folding origami. After the song, the lead lady introduced herself and explained that she was a geisha teacher, and the other women were her former students—each of them had been a geisha at some point.

Sadly, we didn’t have much time because we didn’t want to risk missing our train, so after a while we said goodbye to Mamiyo and her students. When we stepped outside, we had to pause for a moment to make sure what we just experienced had really happened. Luckily, we still have the origami as proof that it wasn’t all just a dream.

And that’s how our time in Takayama ended: a beautiful city in the heart of the Alps, full of incredible shops, delicious food, and people who make you feel like you’re living inside a movie. In a single word, I would describe it as magical.

Love,
Raúl Arturo Herrera

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